Hornos de la Peña, II parte: un canto evocador

El día esperado había llegado. Las coincidencias habían hecho que en nuestra visita por fin a la cueva de Hornos de la Peña, nos tocara un guía de excepción, aunque las sorpresas como siempre, cuando viajamos a la prehistoria, no terminaron ahí. La casuística juntó todos los elementos para que aquella visita fuese recordada en nuestras mentes para siempre, y es que cuando juntamos la prehistoria, con la emoción, el silencio, la oscuridad , el arte rupestre y la melodía de una voz suave y evocadora se produce una simbiosis de sensaciones difíciles de narrar y de olvidar.

Aquella mañana lluviosa, para otorgar una atmósfera más especial si cabe, habíamos reservado nuestra visita a la cueva de Hornos de la Peña y un guía muy simpático y atento fue nuestro comprometido y afectuoso compañero en aquella travesía en el interior de la madre tierra. Pero no estaríamos solos, puesto que una segunda persona, nos acompañaría, regalándonos unos momentos, incapaz de relatar, puesto que son tan íntimos, profundos y personales, que hay que vivirlos. Tan solo comentaré, que en medio de la oscuridad de la cueva, con las linternas apagadas y mientras escuchábamos las gotitas de agua golpear contra el suelo, una voz evocadora y como salida de otro tiempo, comenzó a vocalizar un idioma irreconocible y sintiendo la fuerza de la emoción y la energía de la cueva y de los que estábamos presentes, nos obsequió con unos hermosos cantos para nuestras almas y nuestros espíritus. Eso, tan solo se puede sentir cuando uno vive y ama la prehistoria, puesto que será en esas salidas, cuando vivirá experiencias que guardará en su recuerdo para siempre.

El resto de la visita fue inmejorable. La visión, por fin tan cercana de algunos de los caballos grabados que esconde la cueva y que nos miran al pasar, dibujaba unas líneas perfectas de tiempos todavía antiguos del paleolítico, donde el único rastro de pintura era la de un caballo en carbón negro. Y como guinda del pastel, el antropomorfo en el santuario de hornos de la peña, en el recoveco minúsculo donde imaginamos, un auténtico chaman de la prehistoria nos legó su mensaje. ¿Seremos capaces de descifrarlo algún día?

La luz creando las sombras e iluminando aquellas paredes de la cueva me hipnotizaban. Mis dedos deseaban imitar aquellos trazos. Mi mente deseaba entender por qué un caballo, por qué en esa pared y no en otra. Respuestas que de momento, quedan muy lejos de nuestro conocimiento, pero que a través de la imaginación y nuestros relatos de prehistoria, podremos hacernos algunas ideas. Entrar en Hornos de la Peña fue como cruzar el umbral. El canto como una ofrenda a la madre. Nuestra visita un renacimiento y nuestra despedida una nueva amistad. Lo que sucedió después, aunque es una parte muy especial, me la reservaré de momento, puesto que las sorpresas nos acompañaron hasta el final del trayecto. Y valla si lo fueron.

A un día del solsticio de Invierno, nuevamente, un año más, el astro rey, me obsequiaba con una nueva esperanza, una nueva ilusión, en las puertas de una cueva, en uno de nuestros viajes a la prehistoria. ¿Se puede pedir más?. Sí, compartirlo con todos vosotros.

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