Tierra mágica en la cueva del ocre

Tierra mágica en la cueva del ocre

Y en un lugar, de cuyo nombre no quiero olvidarme, se unieron los espíritus para guiar mis pasos hasta la cueva de la tierra mágica, del ocre ancestral

El silencio y la soledad se adueñaron del lugar, tan solo el crujir de mis propios pasos sobre las hojas secas me guiaban al encuentro con un pasado que todavía pervivía anclado en aquel lugar, misterioso y único, la cueva de la tierra mágica. Las señales, que en un principio guiaban al visitante mientras bajabas las escaleras desaparecieron, mi compañía se adelantó y desapareció entre las hojas caducas y el brillo del mar y yo, me encontré de repente, ascendiendo como guiada por una voz interior que me conducía de la mano, siguiendo el rastro rojizo de aquellas peculiares piedras que comenzaban a amontonarse bajo mis pies, mientras me salía de la ruta y atravesaba arbustos y rocas.

 

Sin pensar, sin buscar, había dado con ella, con la cueva de la tierra mágica, repleta de ocres de diferentes colores y tonalidades que brillaban con la luz y se tornaban más intensos, cuando los tocabas con la yema de los dedos.

Llamé a mi compañero, pero al no recibir respuesta, decidí adentrarme en la soledad de la covacha de pequeñas dimensiones que albergaba un tesoro único, un tesoro que pocas personas eran capaces de apreciar, mientras en una soleada mañana de principios de octubre, apenas reparaban en el sendero que llevaba hasta la cueva mágica.

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Y así fue, como me encontré súbitamente en su interior. Había ocre por todas partes, En el suelo, en los techos, en las paredes, rojo bisonte, amarillo, naranja y hasta violáceo. Aquel lugar se me antojo maravilloso. Muchas veces había intentado, sin éxito, localizar un yacimiento natural como aquel, pero hoy, por fin lo había encontrado.

Sin esperar a mi compañero, mis manos se posaron sobre el polvoriento y rojizo suelo, tratando de solicitar permiso a los espíritus que guardaban aquel lugar, por lo que estaba a punto de hacer. No era un despropósito, era una de las acciones más antiguas que había realizado un ser humano desde la prehistoria, y ahí estaba yo, tratando de recrear en mi mente aquellas escenas, pisando el mismo suelo, solicitando permiso a la cueva para que me dejara tomar algunas muestras de aquel mineral mágico, cargado de vida y utilizado por generaciones para los rituales prehistóricos.

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Me encontraba absolutamente emocionada, absorta en mis pensamientos y no pude evitar tocar las paredes, e impregnar  mis dedos con aquel polvo de tacto suave que cambiaba de intensidad, dependiendo el recoveco que eligiera.

Aquella mañana había encontrado la paleta de color del pintor prehistórico, la paleta del artista, con toda la gama de colores, incluido el blanco. Era excepcional y la cueva también lo era. En su interior había un estrecho pasadizo que conducía a una segunda galería, también repleta de polvo de ocre por todas partes.

Me invadía la emoción y ya con mi compañero junto a mí, impregné mis dedos y cubrí mi rostro con ellos a modo de protección. Sí eso era. Necesitaba aquella protección que la madre tierra me estaba otorgando. Y me sentí una con ella. Con mi rostro, mi pelo y mi ropa manchados con la tierra mágica, aquella que mis ancestros habían elegido para realizar sus pinturas rupestres y que ahora yo también realizaría.

 

 

Tras tomar algunas muestras, decidí sentarme en silencio y conectar con aquellos techos, con aquellas paredes. Imaginé que aquel lugar, a diferencia de la época actual, que pasa desapercibido para la mayoría de la población, tuvo que ser un lugar muy especial para nuestros antepasados. Su acceso en la prehistoria tuvo que ser complicado, por ello, no todos habrían accedido al mismo. Hablamos de un lugar con caídas de vértigo y rodeado por mar, nada fácil sin caminos preparados para su ascenso…

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Y aun así, ellos, ellas, hallaron la cueva de la tierra mágica, el polvo colorado que daba vida a sus pinturas, a sus sueños, anhelos o ritos, que daba sangre eterna a sus muertos y protección a los vivos, tal y como a partir de ahora nos protegerá a nosotros, pues hemos vuelto a casa impregnados de vida, de la vida inmortal del pigmento en nuestra piel y en nuestra alma.

© Viajes a la Prehistoria, Lorena b.C.

 

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